—¡Dios lo quiera! ¡Dios lo quiera!—murmuró la baronesa con dramática resignación.
—Ahora, inútil es que yo diga a usted el terrible compromiso que arrostra teniendo a su padre en esta casa.
—Lo sé, señor doctor; ¿qué debemos hacer?
—Después de la declaración suscrita por nosotros, en que certificamos la falta de salud mental que aqueja al conde, puede usted, como jefe de la familia, hacerlo ingresar en un manicomio, donde atenderán a su curación.
—¡Oh, Jesús mío! ¿Y cómo comunico a mis hermanos la fatal noticia? ¿Qué dirá Enriqueta? ¿Qué impresión tan cruel experimentará Ricardito cuando sepa que su padre, a quien no ha visto en tanto tiempo, ha perdido la razón? ¡Por Dios, padre Claudio! Ocúltele usted al pobre niño la verdad, mientras pueda.
—No tengas cuidado, hija mía—dijo el jesuíta—. Así lo haré; pero ahora lo importante es ocuparse de lo inmediato, o sea de lo que debe hacerse con tu padre. El doctor Zarzoso creo que dirige un manicomio, montado con arreglo a los últimos adelantos.
—Sí, señor—contestó el aludido—. Lo dirige un compañero; pero yo voy allí todos los días para hacer estudios prácticos.
—Pues allí llevaremos al conde, y así podrá usted atender más directamente a la curación. ¿Estás conforme, hija mía?
La baronesa aprobó todas las disposiciones del jesuíta y se convino en que al día siguiente el conde sería conducido al manicomio.
Era preciso no perder tiempo, según decía el padre Claudio, pues de lo contrario, se corría el peligro de que Baselga, en un rapto de locura, acelerase la ejecución de sus quiméricos planes, y con su gente y sus armas saliese para Gibraltar marchando a una muerte cierta.