—He escuchado un poco—continuó la baronesa—, y, a la verdad, no he entendido gran cosa. Hablan en términos técnicos y las palabras acabadas en ía y en oni se repiten con una frecuencia abrumadora. Lo que me parece es que todos estamos conformes en declarar loco a mi padre... ¡Ay, padre Claudio!
—¡Qué es eso, hija mía!—exclamó el jesuíta, asombrado por aquella inesperada manifestación de dolor—. ¡Vamos, ten un poco de valor! Además, esta noticia no es nueva para ti, pues ya hace días que conocías la locura de tu padre. Piensa que Dios saca muchas veces el bien del mal, y... no digo más.
La baronesa comprendió la intención de estas palabras, que dijo el jesuíta de un modo muy marcado, y permaneció silenciosa.
Era más acertado guardar absoluto mutismo que seguir una conversación en la que ambos se exponían a ser demasiado francos y decir públicamente sus pensamientos, que mutuamente eran conocidos. Muchas veces las paredes oyen.
Transcurrió como un cuarto de hora sin que ninguno de los dos despegase los labios. El padre Claudio tenía apoyada la barba en el pecho, y parecía entregado a profunda meditación; la baronesa se entretenía en peinar con sus dedos las franjas de cordonería del sofá.
Las voces de los médicos iban siendo cada vez más sordas; callaron por fin, y levantándose el cortinaje de la puerta del gabinete, entraron todos ellos en el salón.
El doctor Zarzoso iba al frente y tenía el aspecto grave, cabizbajo y tétrico de un sacerdote de ópera que se presenta a dar la noticia fatal.
—Señora—dijo colocándose en frente de la baronesa—, la conciencia profesional me impone el penoso deber de proporcionarle con mis palabras un profundo dolor. Mis compañeros y yo nos hallamos plenamente convencidos de que el señor conde está loco.
Doña Fernanda miró al cielo con la misma expresión que si en su interior se desgarrara algo.
—No debe usted por eso entregarse a la desesperación—continuó el doctor—. La locura del conde no es más que una monomanía que, aunque grave, resulta de posible curación. Con un régimen moral lento, pero seguro, iremos despojándole de esas creencias que hoy le perturban, y es casi cierto que recobrará la razón.