—Se lo diré. Ahora yo confío en que lo ocurrido no habrá entibiado su fe, y que seguirá usted tan dispuesto como siempre a llevar a cabo el patriótico plan.

—¡Oh! Eso siempre. Esto ha sido un incidente ligero, y nada más. En cuanto se desvanezca la irritación producida por las suposiciones de ese majadero, todo lo habré olvidado.

—Así lo espero. El desaliento no existe para hombres como usted. Adelante, y siempre adelante, que Dios premiará a los que se sacrifican por su causa.

El conde y el jesuíta hablaron después largamente sobre el eterno asunto, extremándose el segundo en entusiasmar a Baselga con optimistas ilusiones.

—Usted—dijo—debe cumplir su propósito de partir para Gibraltar así que pase una semana y yo no reciba carta de O’Conell; pero no creo que transcurra ese tiempo sin que el capitán dé señales de existencia. Un agente que tenemos en aquella plaza dice que O’Conell hace muchos trabajos sediciosos entre sus compatriotas de la guarnición, y no sé por qué me figuro que no tardará mucho en avisar. Tal vez mañana recibamos noticias suyas y nos indique que todo está preparado para que pueda usted marchar a la plaza con sus hombres.

La esperanza que mostraba el jesuíta animó mucho al conde, e hizo que cuando aquél salió del despacho, su rostro estuviese ya serenado y no se notase en él la menor huella de su anterior ira.

Cuando el padre Claudio entró en el salón de la baronesa, ésta se hallaba completamente sola y sentada en el sofá, siempre con actitud trágica.

—¿Y los médicos?—preguntó el jesuíta, extrañándose de aquella soledad.

—¡Chist! Hable usted más bajo—contestó la baronesa, indicándole con una señal que no levantase tanto la voz—. Están en el gabinete inmediato celebrando consulta. ¿No los oye vuestra reverencia?

En efecto; apagado por la puerta y los cortinajes, llegaba hasta el salón el eco de la voz de Peláez, haciendo tímidas indicaciones al doctor Zarzoso, que explicaba la enfermedad del conde.