El padre Claudio no se separaba del doctor Zarzoso, y éste, cuando ya estaba en la puerta del despacho, al ver la pregunta muda que el jesuíta le hacía con los ojos, dijo con voz queda:

—Está loco. No tengo ya la menor duda.

El jesuíta acercó sus labios al oído del doctor y habló en el mismo tono.

—Pueden ustedes celebrar su consulta en el salón donde aguarda la baronesa. Yo me quedo aquí para disipar un tanto el furor del conde y evitar que lo descargue después sobre su familia. Es un deber que me impone mi sagrado ministerio.

El doctor Zarzoso hizo un movimiento de hombros y salió tras sus compañeros.

Cuando se extinguió el ruido de sus pasos, el conde volvió el rostro, que todavía tenía impreso un gesto de feroz ira.

Al ver al padre Claudio derecho en el centro del despacho, se serenó un poco.

—¿Ha visto usted, padre?—dijo, después de un largo intervalo de silencio—. ¡Qué entes tan antipáticos hay en el mundo! No sé cómo no le he dado de bofetadas.

—Calma, señor conde, mucha calma. Hay ciertos carácteres que resultan insufribles. Yo siento haber presentado a usted ese señor, que tan mal rato le ha dado; pero, en fin... lo mejor que podemos hacer es olvidarnos de lo ocurrido.

—Si todos los individuos del Comité formado por Peláez son como ése, nos hemos lucido. Dígale usted a nuestro doctor que en adelante no cuente con el tal sabio, que a mí me parece un majadero.