Por fin, el conde agitó la cabeza, como si quisiera repeler una idea enojosa, y extendiendo su diestra, dijo con fosca voz:

—Caballero, salga usted inmediatamente.

Prodújose un movimiento de extrañeza en todos, menos en el célebre doctor, que seguía imperturbable.

El conde se irritó más ante aquella calma, y avanzando el cuerpo sobre la mesa, como una fiera ansiosa de devorar, le lanzó estas palabras, con la misma expresión que si se las escupiera a la cara:

—Está usted burlándose de mí, y hace un momento he sentido tentaciones de abofetearle; pero estamos en mi casa, y esto es lo que me detiene; mas si no sale usted inmediatamente, ¡por Cristo!, que le marcaré el rostro, para que eternamente se acuerde de su impertinencia.

Y el conde, al jurar, dió un puñetazo sobre la mesa, que demostró cómo quedaba aún en sus brazos aquella fuerza de la juventud, que tan insolente le hacía. El puño, al chocar contra la madera, produjo un enorme estampido, y todo danzó en la mesa, papeles, plumas, plegaderas, cajas de dibujo y hasta la tinta, que, movida por la trepidación, saltó del negro receptáculo, invadiendo con su creciente suciedad la dorada escribanía.

El fiero golpe repercutió en el ánimo de los médicos anónimos, que, como movidos por un resorte, se levantaron de sus asientos. No había remedio: el loco iba a pegarles.

Peláez se levantó también, y el padre Claudio le imitó, poniendo el semblante triste, aunque en su interior estaba muy satisfecho del resultado de aquella conferencia. El doctor Zarzoso fué el último en levantarse, y se dispuso a salir.

Mientras tanto, el conde, como para evitar la presencia de aquel hombre que tan antipático le resultaba, y cual muestra de soberano desprecio, había hecho girar su sillón y estaba con el rostro vuelto a la pared.

Los médicos comenzaron a desfilar.