Calló Baselga, pero su razón revolvíase furiosa contra aquellas suposiciones, que él tenía por impertinentes, y que parecían tender a la negación de sus facultades mentales.
—Y ¡gran Dios!—continuó—. ¿Por qué esas dudas sobre la personalidad de O’Conell, cuando yo le he visto, le he hablado y he quedado muy satisfecho del valor y de la resolución que mostraba? Paso porque se dude de su fidelidad, porque se crea que no cumplirá su promesa de auxiliarnos, aunque esto sea muy aventurado; pero, ¿creer que él no es él, o, más bien dicho, llegar a suponer que yo no he hablado con dicho capitán de la conquista de Gibraltar, ni escuchado sus promesas de auxilio? Vamos, eso sí que es un absurdo, una tremenda locura.
Baselga se agitaba nerviosamente en su asiento, como si aquellas suposiciones del doctor le molestasen, como otras tantas punzadas, y clavaba sus ojos amenazadores en la fría mirada del sabio, que cada vez le irritaba más.
El conde resultaba ya peligroso, y los dos médicos amigos de Peláez lamentaban las palabras del maestro, y mirando a Baselga esperaban de un momento a otro que, levantándose del asiento, cerrase con todos y dejase caer sobre sus espaldas un chaparrón de golpes.
El supuesto loco se serenó un tanto, y, dirigiéndose al jesuíta, dijo con acento despreciativo:
—¿Qué le parece a usted, padre Claudio, lo que supone este señor? ¿Será O’Conell algún ser que yo me habré inventado? Usted puede decirlo mejor que nadie, pues fué quien lo trajo aquí y presenció toda la conversación. ¿No le parece que este caballero tiene ganas de burlarse, y me cree tan mentecato que quiere hacerme dudar de lo que yo he visto?
El doctor Zarzoso, en vista de la exaltación del conde y de la insolencia agresiva con que dijo las últimas palabras, creyó prudente intervenir.
—Yo no he dudado de que usted hablase con O’Conell. Sé que estuvo aquí y que lo presentó el padre Claudio. Pero, señor conde, ¿no podría usted haber oído mal? A veces la imaginación puede engañarnos. A ver, procure usted recordar lo ocurrido en aquella conferencia. ¿Está usted seguro de que el irlandés era un capitán que trató con usted de la célebre empresa, o usted se lo imaginó así, a pesar de que él nada dijo de pertenecer al ejército?
El conde, con el ceño fruncido y la mirada centelleante, estuvo algunos momentos contemplando frente a frente al doctor Zarzoso, que seguía impasible.
Todos callaban, aguardando con impaciencia.