El conde palideció; el cetrino color de su rostro tomó un tinte verdoso y sus manos se agitaron con un temblorcillo nervioso. Para el jesuíta, que conocía su carácter, era aquello el claro signo de una explosión violenta.
—Caballero—dijo Baselga con voz insegura por la ira—. ¿Tengo yo cara de haber mentido alguna vez? A ver, explíquese usted: se lo exijo, se lo mando, o, de lo contrario...
Y Baselga, con aire amenazador, se erguía en su sillón.
Peláez no permanecía muy tranquilo ante la actitud que tomaba el conde, y en cuanto a sus dos compañeros, los silenciosos médicos que creían habérselas realmente con un loco, comenzaban a lamentarse en su interior de las imprudencias del doctor Zarzoso, que tenía gusto en exasperar a los enfermos.
Sólo el sabio y el jesuíta permanecían tranquilos.
—No se altere usted, caballero—dijo el doctor Zarzoso con absoluta tranquilidad, como si las palabras del conde fuesen insignificantes—. Daré a usted cuantas explicaciones quiera, pues aquí lo importante es buscar la verdad. He querido decir antes que tal vez se hubiese usted engañado acerca de la personalidad de ese señor O’Conell.
—¿Qué engaño es ése, caballero? ¿Acaso estoy yo ciego o es que usted quiere suponer que yo estoy loco?
Y Baselga, a pesar de toda su cólera, se reía sardónicamente, solamente de pensar que alguien pudiera suponerlo falto de razón, cuando se sentía intelectualmente más fuerte que nunca.
Era la primera vez que reía en toda la conferencia. El padre Claudio tocó nuevamente al doctor, indicándole que se fijase en aquella risa poco espontánea.
—Sé perfectamente lo que me digo—continuó—, y a menos que usted, en su odioso afán de contradecirme, no quiera suponer que soy un loco, habrá de creer que ahí, en el mismo sitio donde usted se encuentra, estuvo sentado hace algún tiempo el irlandés Patricio O’Conell, capitán del batallón de rifles, de guarnición en Gibraltar.