—Celebro mucho verle tan decidido—dijo el doctor—, y le deseo que la suerte le favorezca. La empresa me parece muy aventurada; pero, a pesar de ello, estoy dispuesto a trabajar en ella y a seguir a sus órdenes.

—Según eso, ¿no tiene usted ya, más objeciones que hacer?

Y el conde, al decir esto, sonreía con aire de superioridad.

—Algunas me quedan, señor conde—respondió el doctor—; pero evito hacerlas, no sea que usted lo tome a mal.

—¡Oh! No. Hable usted con entera confianza, que yo le escucharé sin inmutarme.

Baselga desmentía sus recientes palabras, pues hacía un gesto de mal humor, como indicando la molestia que le producían las preguntas de aquel hombre, que para él era un desconocido.

El doctor Zarzoso miró rápidamente a sus compañeros, y después dió un enérgico rodillazo al padre Claudio.

El jesuíta comprendió en la tal señal que Zarzoso iba a intentar el último medio para convencerse de la locura del conde. Sin duda, quería apreciar la irritabilidad de su carácter.

Mostraba Baselga marcada impaciencia por oír al doctor; pero éste, como si se propusiera exasperarle, siguió mirándolo fijamente, sin decir nada, y, por fin, habló así, con lentitud:

—Quería manifestarle a usted que estoy admirado de ese valor sublime que demuestra, pero que esto no me impide creer que puede ser víctima de un engaño. ¿Está usted seguro de haber visto alguna vez a ese capitán O’Conell, de que tanto habla, y que tan gran confianza le inspiró?