El sabio estaba irritado por aquel plan, que calificaba de estúpido, y hasta le faltó poco para olvidarse que examinaba a un loco y decir al conde que su idea era absurda y ridícula.

El jesuíta le tocó con su rodilla, como para recordarle que hablaba con un loco, y el doctor se serenó.

—Esa segunda parte del plan—dijo el padre Claudio—me gusta mucho, y creo que de igual modo pensarán estos señores.

Todos hicieron gesto de aprobación, y el doctor Zarzoso, que estaba ya convencido de la locura del conde, aunque no creía necesario insistir, quiso aún apreciar el dominio que en su ánimo ejercía la familia y hasta dónde llegaba su manía heroica.

—La patria—dijo—tendrá mucho que agradecer a usted; pero, por grato que sea el aprecio de los conciudadanos, creo que usted, señor conde, se expone demasiado y lleva su sacrificio a un límite exagerado. Usted tiene familia: ¿ha pensado alguna vez en el dolor de ésta, si es que usted llega a morir en la empresa?

Este recuerdo, hábilmente evocado, produjo bastante efecto en el ánimo de Baselga. La figura de Enriqueta surgió de su imaginación, rodeada de un ambiente de pureza y sencillez, y se sintió conmovido.

—Sí, señores. Tengo familia, y, sobre todo, una hija, mi Enriqueta, a la que amo mucho, y que es el único ser que me liga a este mundo.

Pero el conde sólo podía sentir un enternecimiento pasajero, cuando estaba poseído de su afán heroico, que tanto le dominaba.

—Sentiría mucho—continuó con el acento del que toma una resolución definitiva—que mi muerte la produjera un eterno dolor; pero me consuela la idea de que un día u otro debo morir, y que aunque no quisiera exponer mi vida en esta santa empresa, no por esto la evitaría tal aflicción. Soy ya viejo, y todo consiste en que el momento fatal llegue antes o después. Además, los mártires del cristianismo, para morir por su idea, no reparaban en su mujer ni en sus hijos, y el amor a la patria es una verdadera religión, que también necesita mártires.

El doctor desistió de seguir la conversación sobre tal punto. Era inútil excitar en el conde el recuerdo de la familia, pues esto no causaba mella alguna en sus ambiciones tan arraigadas.