Todos se conmovieron, y hasta el padre Claudio hizo un gesto de curiosidad. ¿Qué segunda parte sería aquella, de la que nunca había hablado?
Baselga vió el ansia de la curiosidad marcada en todos los semblantes, y como no era hombre capaz de ocultar nada cuando le poseía el entusiasmo, hizo la revelación esperada:
—Voy a decirles cuál es mi idea. He pensado que, en caso de que triunfemos, es una locura devolver Gibraltar a España, mientras esté regida por el Gobierno actual.
—¿Y qué es lo que usted se propone?—preguntó el jesuíta, que deseaba aclarase pronto el conde aquel punto, con la esperanza de que expusiera alguna idea disparatada, que hiciese creer más en su supuesta locura.
—Pues lo que yo pienso hacer, apenas me vea dueño de la célebre plaza, es dar un manifiesto a los españoles, diciéndoles que Gibraltar es de España, pues para eso la habré conquistado yo; pero que su guarnición, sublevada, no hará entrega de ella mientras la nación esté gobernada por doña Isabel II.
—Muy bien; me gusta la idea—dijo el doctor Zarzoso, que con el sesgo que tomaba la conversación sentía que en su interior la curiosidad del hombre político comenzaba a sobreponerse a la del sabio—. ¿Y cuál ha de ser la condición precisa para que la entrega se efectúe?
—Que vuelva a reinar en España el Gobierno legítimo.
—¿Y qué entiende usted por Gobierno legítimo?
—Caballero, su pregunta me extraña. En esta nación no hay más Gobierno legítimo que el del Rey Don Carlos V, por el cual tanto expuse mi vida en Navarra, durante la guerra civil. Ya que el Monarca ha muerto, sólo forman la dinastía legítima sus hijos y demás sucesores, y únicamente a ellos entregaré la plaza de Gibraltar cuando sea mía. Los españoles, con tal de volver a poseer el trozo de la Península que les pertenecía, y que tan infamemente les fué robado, se levantarán en masa, pidiendo el restablecimiento de mis reyes, y de este modo yo habré logrado lo que vulgarmente se dice matar dos pájaros de un golpe.
El padre Claudio estaba muy contento de aquella extraña idea que se le había ocurrido al conde, llevado de su fanatismo político, y su gozo era mayor al ver el gesto de desagrado que hacía el doctor Zarzoso.