—Se asustan ustedes de mi decisión, ¿no es así? Yo reconozco que es algo aventurada; pero, señores, en las grandes empresas hay que jugar el todo por el todo, y ser audaz hasta la locura. Por si lo dudan ustedes, ahí tienen al gran Napoleón, que muchas veces se metía voluntariamente en trances que sabía eran peligrosos, y, sin embargo, salía siempre victorioso.

El doctor se animó, como hombre a quien hablan de su tema favorito.

—¡Oh! Es mucha verdad—exclamó—; usted, señor conde, tiene mucho de Napoleón, y hace un momento tenía el honor de decírselo a estos señores.

Y al mismo tiempo que decía estas palabras, con cierta malicia miraba a sus compañeros, como diciéndoles: "No hay remedio, está loco".

—Sí, señores—continuó el conde, hablando con creciente exaltación—. Cuando se siente apego a la vida hay que permanecer tranquilo en casa; pero cuando se piensa vengar a la patria, cuando se desea volver por su dignidad ultrajada, hay que ser valiente hasta el heroísmo, despreciar la existencia, y si la suerte es adversa, morir, con la sublime serenidad de los mártires de una gran idea.

Mientras el conde hablaba, el doctor Zarzoso decía, entre dientes, muy quedo, a pesar de lo cual sus palabras llegaban al fino oído del jesuíta:

—Monomanía heroica; caso curioso.

—Estoy decidido a todo—continuaba el conde—. Yo no espero ya más tiempo, y como tan meritorio es a los ojos de la Historia alcanzar la victoria, como saber morir heroicamente por conseguirla, no reparo ya en peligros, y saldré inmediatamente para Gibraltar, donde no tardaré en dar el golpe.

Quedó en silencio el conde durante algunos instantes, y después añadió con acento triste, marcándose en su rostro una expresión de desaliento:

—Y la verdad es que sería terrible que yo fuera vencido, cayendo en manos de las autoridades inglesas, pues con mi muerte se desvanecería la segunda parte de mi plan, que es magnífico, y ninguno de ustedes conoce.