El doctor volvía a tener fija su mirada en el conde, estudiando atentamente su fisonomía y apreciando aquella exaltación que brillaba en sus ojos y la fiebre nerviosa que le dominaba al hablar de la futura victoria.

El jesuíta comenzaba a tranquilizarse, pues el sabio, preocupado en analizar a Baselga mientras hablaba, no se cuidaba de ocultar sus impresiones, y algunas veces, instintivamente, rozaba con su pierna la del padre Claudio, como indicando la certidumbre que ya abrigaba sobre la locura del conde.

Este no ocultó ninguno de sus preparativos. Habló de los hombres que tenía a sus órdenes, y de los cajones de armas que había almacenado, todo por indicación del capitán O’Conell, y con acento de indignación relató su viaje a Gibraltar y la grosería de la Policía inglesa, que le obligó a salir de la plaza a viva fuerza.

El doctor, oyendo hablar a Baselga con tanta naturalidad de su conferencia con O’Conell y sus bélicos preparativos, sentía tanto asombro como interés, y se decía en su interior que era uno de los casos de locura más raros y dignos de estudio.

El conde terminó su relación.

—Y en este estado, señores—dijo—, se encuentran las cosas Yo estoy dispuesto a no demorar el golpe. Espero una carta del capitán O’Conell, anunciándome que todo está preparado; pero la impaciencia me consume, y si tarda mucho en escribirme ese irlandés, es más que probable que, poniéndome al frente de mi gente, salga para Gibraltar, dispuesto a dar el golpe por mi propia cuenta. Yo conozco bien aquello, y, además, no soy hombre para estarme esperando pacientemente cuando ya lo tengo todo preparado.

—¿Y no retrocederá usted ante el silencio que guardan los auxiliares de dentro de la plaza?

—No, caballero. Tengo el valor suficiente para ultimar las empresas que he iniciado, aunque en ello pierda la vida. Sólo aguardaré una semana, ya se lo he manifestado así varias veces al padre Claudio. Si durante ese tiempo no escribe O’Conell, iré con mi gente a situarme en las inmediaciones de Gibraltar.

El doctor Zarzoso miró a todos los que le rodeaban; pero esta vez no fué con enojo, sino con marcada expresión de alarma. Decididamente, el conde estaba loco de remate, y su demencia era de temer, pues podía producir tremendos conflictos.

Para Baselga no pasó desapercibida aquella mirada.