El padre Claudio, a pesar de su serenidad a toda prueba, comenzaba a inmutarse. Aquel doctor tenía un modo tan intencionado de preguntar, que el jesuíta temía que de un momento a otro, y merced a una palabra insignificante, se descubriera la verdad, y su trama, con tanta paciencia forjada, viniese al suelo con estrépito.

Afortunadamente para él, el doctor Zarzoso resultaba antipático a los ojos de Baselga, quien gozaba en contradecirle y en demostrar que sus preguntas no tenían pizca de sentido común.

—¡Qué cosas tan extrañas dice usted, caballero!—exclamó el conde—. ¿Acaso estoy yo loco? O’Conell es un capitán del ejército inglés, y como tal se me presentó, pues tratándose de un caballero, como yo lo soy, no tuvo inconveniente en manifestarse tal como es. ¿Conque el tal capitán podía ser un médico, según usted? ¡Buena es esa! Estos sabios tienen unas ideas verdaderamente originales, y si no le hubiera visto ahí mismo, donde usted está sentado, y si no hubiera conversado largamente con él, sobre las fortificaciones de Gibraltar, casi me haría usted creer que yo había soñado. Padre Claudio, ¿no le parece a usted muy extraño lo que pregunta este caballero?

—Sí, señor; pero hay que permitir que el señor se entere bien de la empresa que usted prepara, antes de comprometerse en ella.

Y el jesuíta, al decir esto, volvió a tocar con su rodilla al doctor.

—Perdone usted, señor conde, que yo haga esas preguntas que a usted parecen tan extrañas. Ahora, en vista de sus explicaciones, comprendo que son impertinentes y las retiro. Después de esto, lo que yo desearía es que usted tuviese a bien explicarnos todo el plan, hasta en sus menores detalles.

Peláez intervino:

—¡Oh! El plan es magnífico. Honra al señor conde y demuestra que es un militar de primer orden.

El sabio lanzó al médico aristocrático una furibunda mirada, como indicándole que él, como sus dos compañeros, estaban allí para oír y callar, dejándole al más antiguo la tarea de interrogar al enfermo.

El conde no se hizo rogar. Estaba tan entusiasmado con su plan, que gozaba en relatarlo; así es que inmediatamente comenzó a contar lo que ya conocemos, o sea el medio que pensaba emplear para apoderarse por sorpresa del Peñón.