El sabio doctor miró a sus compañeros, como indicándoles que iba a comenzar el examen, y habló así:

—Mi amigo Peláez me ha dicho que dentro de Gibraltar tendremos compañeros que nos ayudarán en nuestra empresa. ¿Son dignos de confianza esos auxiliares?

—¡Oh! Yo respondo de ellos, y aquí hay también quien responderá con tanta seguridad como yo. Tenemos allí al capitán O’Conell, un irlandés de gran valor, que está dispuesto a auxiliarnos, aunque esta empresa le cueste la vida. El padre Claudio lo conoce mejor aún que yo, y sabe que es todo un héroe.

La rodilla del jesuíta chocó suavemente con la del doctor, y aquel roce parecía indicar al señor Zarzoso que el conde comenzaba ya a dejarse arrastrar por la locura.

El sabio hizo un gesto de inteligencia y continuó:

—¿Y no podría engañarnos ese capitán?

—¿Engañarnos? No, señor. Yo soy de los que a primera vista conocen a las personas, y tengo al capitán por un hombre franco e incapaz de una traición. ¿No piensa usted lo mismo, padre Claudio?

—¡Oh! Seguramente. Mi amigo O’Conell es una buena persona.

Y volvieron a tocarse las rodillas, para excusarse el jesuíta, porque seguía al conde en su manía, con el propósito de evitar que éste se irritara.

—No dudo—continuó el doctor Zarzoso—que ese irlandés sea una buena persona. Pero, ¿está usted seguro de que sea, efectivamente, un capitán del ejército inglés? ¿Dijo que era militar o se presentó con otro carácter: por ejemplo, médico?