Baselga agradeció la lisonja con palabras que demostraban no había muerto en él el antiguo cortesano, pero, a pesar de esto, aquel hombre panzudo seguía atrayéndole con la antipatía que le inspiraba. Su mirada especialmente, con su fijeza y su frialdad, que parecía registrarle desde la cabeza hasta los pies, le crispaba los nervios, hasta el punto de que en ciertos instantes no se sentía dueño de su voluntad y experimentaba irresistibles impulsos de abofetear al insolente curioso.
Peláez, que por carecer de la penetración del padre Claudio no comprendía lo que pasaba en el interior del conde, sonreía sin objeto, y, deseoso de mezclarse en la conversación, dijo al conde:
—Aquí, donde usted ve a mi amigo el señor Zarzoso, es un hombre de gran importancia, un sabio, que podrá ser de gran utilidad para nuestra empresa.
—¡Oh!, los sabios—dijo con expresión desdeñosa el conde, que deseaba desahogar su ira contra el que tanto le mortificaba con su mirada—. Los sabios no sirven gran cosa en esta clase de empresas, y en nuestro Comité, señor Peláez, lo que deben figurar son los hombres de acción, patriotas de mucha alma, que puedan ayudarnos. No supone esto que yo desprecie a este señor; en esta clase de asuntos todos sirven, pero, siempre que se pueda, deben escogerse personas aptas. Creo que, porque hable con esta franqueza, no se ofenderá el caballero.
—No, señor conde—contestó el doctor, siempre mirando fijamente a Baselga—. Me gusta mucho hablar con franqueza, y, por lo mismo, deseo, antes de comprometerme en una empresa como la que usted ha ideado, enterarme de ciertos detalles importantes.
El conde se sonrió con cierto desprecio, y dijo irónicamente:
—¡Ah! ¿El caballero tiene dudas sobre mi plan?
—Algunas, señor conde, aunque no de gran importancia, y desearía que usted las aclarase. Advierto a usted que estos amigos—y Zarzoso indicó a los dos médicos anónimos—se encuentran en el mismo caso que yo, y desean saber de un modo claro con qué elementos cuenta la patriótica empresa antes de comprometerse en ella.
El doctor ya no miraba fijamente al conde, y éste, como si se viera libre de una presión magnética, que le predisponía al mal humor, sintióse mas aliviado y comunicativo.
—Estoy dispuesto a satisfacer su deseo. Pregunte usted.