El jesuíta tuvo buen cuidado en sentarse junto al doctor Zarzoso, que se había colocado frente al conde, y que con sus vivos ojillos, tan pronto examinaba el rostro de Baselga como aquella habitación, hasta en sus menores detalles.
Para el célebre alienista, que tenía la costumbre de analizar los rostros con una sola mirada, no pasaron desapercibidos la exaltación que brillaba en la mirada inquieta y vaga del conde y el ensimismamiento que en él se notaba, a pesar de su empeño en mostrarse amable y atractivo.
El aspecto del despacho no le preocupaba menos. En sus conferencias científicas se había detenido siempre con predilección en las relaciones directas que existen entre la higiene y la locura, y mirando aquella habitación sombría, con ventanas a un patio, y en la que jamás había entrado el sol, no recibiendo más resplandor diurno que una luz tenue, sucia y cernida, que resbalaba por las paredes grises, después de atravesar la claraboya de cristales del tejado, sacaba como consecuencia inevitable que el ser que pasara la mayor parte del día encerrado en una estancia tan lóbrega, forzosamente había de sufrir un desarreglo de sus facultades mentales y sentir predilección por empresas absurdas y disparatadas.
Mientras el doctor Zarzoso reflexionaba, el padre Claudio hacía a Baselga la presentación de aquellos señores, "ardientes patriotas que pertenecían al Comité del señor Peláez, y que sentían vehementes deseos de conocer al grande hombre que iba a vengar a España."
Los dos compañeros de Peláez creyeron acertado afirmar mudamente las palabras del jesuíta, y se inclinaron profundamente; pero, a pesar de esto, el conde apenas si fijó en ellos la atención.
Como si instintivamente conociera la insignificancia de unos y la valía de otros, despreciaba a los dos médicos y fijaba su atención en Zarzoso, quien clavaba en él su mirada escrutadora e inquebrantable, que tenía algo de la agudeza y frialdad del estilete anatómico.
El padre Claudio notó inmediatamente la predilección que Baselga sentía por el célebre doctor, y comprendió la causa. El carácter susceptible y colérico del conde, forzosamente se había de irritar ante aquel examen detenido y fijo, que le resultaba una imperdonable insolencia.
No creía el jesuíta que fuera favorable a sus planes un choque entre el conde y el doctor, pues podía impedir la conferencia, y por esto se apresuró a intervenir.
—Este señor—dijo señalando al sabio, que estaba a su lado—, es, de todos los admiradores del conde de Baselga, el más entusiasta, y quien más ansiaba conocerle. De seguro que en estos momentos experimenta una satisfacción sin límites al verse cerca del que es su ídolo. ¿No es así, señor Zarzoso?
—Así es, no quiero negarlo. Tengo una gran satisfacción en conocer al señor conde, y me honraría mucho en tratarlo con más asiduidad.