—¿Qué va a suceder, padre mío?—exclamó doña Fernanda, que, repeliendo su actitud trágica, se mostraba inquieta y alarmada—. ¿Qué dirá ese doctor sobre el estado de mi padre? ¿Nos traerá el haberlo llamado alguna nueva desgracia?

—Tranquilízate. Tu padre será declarado falto de razón. Los alienistas eminentes, como Zarzoso, a fuerza de tratar locos, acaban por invertir el estado de la humanidad, y creen que la demencia es la regla general, y la cordura una excepción. Basta que se sospeche de la razón de una persona para que la declaren inmediatamente loca. El conde será muy pronto para Zarzoso un caso raro de locura, digno de un curioso estudio. Por eso pensé yo en llamarlo.

—Vaya usted, reverendo padre; vaya pronto a presenciar ese examen, y no tarde, ¡por Dios!, pues esta intranquilidad me mata.

El padre Claudio salió rápidamente del salón y alcanzó en la antecámara al grupo de médicos, que lentamente se dirigía al despacho del conde.

El jesuíta estaba radiante de satisfacción. Había estudiado rápidamente el carácter del doctor Zarzoso, y tenía ya la seguridad del triunfo.

La araña acababa de tejer su tupida y viscosa tela, y Baselga era la incauta mosca que revoloteaba alrededor de aquella pérfida red.

El padre Claudio acechaba tras la oscilante malla, y su alma satánica y ambiciosa sentía como un escalofrío de placer al pensar que estaba próximo el instante en que sería anulado el hombre que se oponía a los planes de la Orden.

XXIV

Baselga cae en la red.

El conde, al ver entrar en su despacho al padre Claudio y a Peláez, seguido de tres desconocidos, levantóse de su sillón con la actitud de un hombre cortés y amable y les hizo tomar asiento en derredor de su gran mesa de trabajo.