—Debo advertir a usted, señor doctor, que nuestra visita al conde, si no tiene algún preparativo, puede extrañarle, y les será, por tanto, muy difícil a todos ustedes el estudiarle con entera libertad.

—¿Y qué preparativo es el que usted propone?

—El conde sólo se deja llevar de su manía cuando se cree en presencia de hombres comprometidos en su famoso plan.

—Bien: puede usted presentarnos a él en la forma que más guste.

—Si a usted le parece bien diré que son ustedes individuos del Comité patriótico, que preside el doctor Peláez. Una de sus manías es creer que este señor tiene formada una Junta que ha de ayudarle en sus trabajos de conspiración.

El doctor Zarzoso movió la cabeza, en señal de asentimiento, y estrechó la mano que le tendió la baronesa, medio desmayada en el sofá.

—Valor, señora—dijo el sabio, que, a pesar de su rudeza, se sentía conmovido por el dolor teatral de aquella mujer—. La vida es una lucha, y hay que saber sufrir las desgracias.

—Que Dios le ilumine, señor doctor. Yo sólo pido la verdad, que usted me diga la verdad, sin ocultarme el verdadero estado de mi padre.

Subieron Peláez y sus dos acólitos, llevando en medio al doctor Zarzoso con toda la veneración respetuosa de los labriegos cuando sacan a la calle al santo patrono del lugar.

El padre Claudio les seguía con paso lento; pero cuando les vió salir, volvió rápidamente al sofá donde estaba la baronesa.