Joaquinito Quirós, al entrar el poderoso jesuíta, se abalanzó inmediatamente a besarle la mano humildemente, recibiendo su bendición con aire compungido.

—¡Hola, desertor!—dijo el padre Claudio con jovialidad—. ¿Qué mal viento le trae por aquí? Yo creía que ya había muerto.

—¡Oh, reverendo padre! A pesar de mis trabajos apremiantes, he venido por aquí varias veces, sólo que nunca estaba usted visible.

—No es extraño; yo, aunque no me presento agobiado por el trabajo, como usted, no dispongo de un minuto todos los días para recibir a los amigos. Conque, vamos a ver, ¿qué le trae a usted por aquí?

—Vengo corriendo de casa de Baselga.

—¡Ah!... ¿Y qué?—dijo el jesuíta con una frialdad que contrastaba con el azoramiento exagerado del joven escritor.

—Había ido a consultar a la baronesa sobre un asunto urgente de la Asociación de San Vicente de Paúl...

—Bueno, ¿y qué quiere usted decirme?

—Que de boca de la misma baronesa ha salido una noticia que apenas me atrevía a creer.

—Vamos a ver esa noticia estupenda.