—Que el conde ha sido declarado loco.
—Y que yo lo he enviado al manicomio, ¿no es eso? De seguro que así se lo habrá dicho la baronesa. ¿Y qué hay en todo esto para que usted venga con tanto azoramiento a comunicarme cosas que ya casi tengo olvidadas?
—¡Oh!, reverendo padre: la impresión, lo inesperado de la noticia... Comprenda usted el efecto que en mí habrá causado.
—Déjese usted de pamplinas. Usted sabía tan bien como yo, hace ya mucho tiempo, que el conde estaba loco, y que su manía de conquistar Gibraltar, que comunicó a usted antes que a nadie, era un solemne disparate. ¿A qué extrañarse tanto ahora? Baselga estaba loco y lo hemos encerrado en un manicomio. Eso es todo.
—Perdone usted, padre Claudio. Yo esperaba que, como amigo de la familia, me hubiese usted llamado, al tratarse de un asunto tan importante. Tal vez hubiesen aprovechado para algo mis servicios.
—No hemos necesitado a usted para nada.
—Muchas gracias. Además debo manifestarle mi disgusto por la conducta que usted ha observado conmigo. Hace tiempo que comprendí que no le era muy grata mi presencia en casa de Baselga, y por eso he estado tanto tiempo sin ir por allí.
—Así es. No me gustaba mucho que fuese usted por aquella casa; pero ahora puede volver cuando guste.
—Sí, eso es—dijo con rudeza Quirós—. Puedo ya volver, ahora que no está el conde y que le han declarado loco, Dios sabe cómo.
Quirós, apenas dijo estas palabras, se arrepintió, al ver el gesto de indignación que hizo el padre Claudio.