—Joven—dijo el jesuíta con frialdad hostil—, la benevolencia que yo le he dispensado, sólo ha servido, según veo, para que usted se muestre sobradamente audaz y se atreva a hacer suposiciones que no puedo consentir. El conde ha sido declarado loco, porque realmente lo estaba, y yo no he influído para nada en tal declaración. ¿Qué interés podía yo tener en ello?
Quirós, a pesar de que temía al padre Claudio, no pudo evitar un gesto de incredulidad.
—¿Duda usted de mis palabras? Pues pronto tendrá que convencerse forzosamente. ¿Qué médicos cree usted que han certificado la demencia del conde? ¿Se lo ha dicho a usted la baronesa?
—No, señor; pero, como si lo viera: el médico encargado de tal trabajo habrá sido, indudablemente, el doctor Peláez. Un amigo fiel y obediente.
—Pues se engaña usted. El que ha certificado la demencia del conde ha sido el doctor Zarzoso, ese sabio alienista, que es bien conocido por sus ideas antirreligiosas. ¿Dirá usted ahora que Zarzoso es de los nuestros y que yo puedo manejarle para hacer que declare cosas contrarias a la verdad?
El joven quedó moralmente aplastado por estas palabras, y el padre Claudio se gozó en mirarlo con desdeñosa compasión.
Quirós estaba perplejo. Comprendía que acababa de cometer una torpeza, mostrando antes de tiempo cierta aspiración de independencia ante el terrible jesuíta, que no consentía la emancipación de ninguna de las voluntades a él supeditadas. Por esto, deseoso de remediar su ligereza, se apresuró a decir con acento humilde:
—Perdón, reverendo padre. No había yo imaginado, ni remotamente, nada que fuese en perjuicio de la honradez y caridad de vuestra reverencia, pero el maldito amor propio, herido por el despego que hace algún tiempo me mostraba usted, ha sido la principal causa de que yo haya hablado de un modo irrespetuoso. Ruego a usted que me perdone. Ya sabe que le venero y que eternamente le seré fiel.
El jesuíta hizo como que creía en estas palabras, cuyo verdadero valor conocía.
—Es usted un niño, amigo Quirós—dijo con paternal benevolencia—, y si no estuviera convencido de esa ligereza, que le ha de producir muchos disgustos, tomaría en serio sus palabras, en cuyo caso mi enojo sería terrible. Usted tiene un defecto, que consiste en querer subir demasiado aprisa a las alturas donde le arrastra su exagerada ambición. Yo no critico que usted sea ambicioso: todos lo somos en este mundo, y yo el primero: pero hay que pensar bien que aquello que todo hombre ha de procurar para subir, es escoger bien los medios que han de servirle para su elevación. Usted, mientras suba apoyado por nuestra Orden, hará carrera, y el día que intente emanciparse de nosotros, su ruina será completa.