—Reverendo padre, yo no intento separarme de usted, al que tanto venero; yo...
—Menos protestas de adhesión, amigo Quirós. Dios, que lee en el corazón de todos los humanos, es quien sabe mejor la verdad y puede apreciar los sentimientos de cada uno. Aunque no estoy muy seguro de la adhesión de usted, le quiero, a pesar de todo, y buena prueba del ello es que hace un momento pensaba en usted y le procuraba un medio seguro para engrandecerse.
—¡A mí!—exclamó Quirós con codicia—. ¡Oh, cuánto le agradecería que hiciese algo por mi suerte! Mi situación es cada vez más difícil; mis compañeros ascienden todos, hacen fortuna, y yo permanezco inmóvil en mi miserable medianía, sin adelantar un paso. Necesito un protector poderoso, como vuestra paternidad, y que no me abandone en ninguna ocasión.
—Mi protección dependerá del modo como usted se porte en adelante conmigo. Por de pronto, sepa que tengo un medio seguro e inmediato para que el Gobierno agradezca a usted un servicio importantísimo y le premie con largueza.
Quirós hizo un gesto de impaciencia; estaba ansioso por conocer aquel medio, tan seguro, de engrandecerse.
—Se trata—dijo el jesuíta con gran calma—de descubrir al Gobierno una conspiración revolucionaria, verdaderamente terrible, por las personas que de ella forman parte.
Quirós mostró cierta extrañeza al escuchar estas palabras. Notábase en él que acababa de sufrir una profunda decepción.
—¡Oh!—exclamó—. ¡Si no es más que eso!... Todos los días recibe el Gobierno delaciones de esa clase, y apenas si las premia con unas cuantas onzas de oro. Los ministros hacen ya poco caso de tales revelaciones, pues las más de las veces resultan falsas o inútiles, ya que no pueden encontrarse las pruebas.
—Es que aquí las hay, señor Quirós: pruebas claras y concluyentes, papeles de tanta importancia, que con ellos el Gobierno puede ponerse al tanto de una terrible conspiración militar, y conocer a todas las personas que están comprometidas en ella.
—¡Ah!—exclamó el joven, cuyos ojos brillaron con terrible llamarada de alegría—. Eso es otra cosa. Si vuestra paternidad me facilita tan importante delación, mi ascenso está ya asegurado.