—Pues cuente usted con que le apoyaré. Irá usted a ver al ministro de la Gobernación. ¿No lo conoce usted?
—Sí, reverendo padre. He hablado varias veces con él en las reuniones del gran mundo.
—Perfectamente. Pues puede usted decirle que en Madrid funciona una Junta revolucionaria militar, de la cual es secretario un capitán llamado don Esteban Alvarez.
—Eso no basta, reverendo padre.
—No sea usted impaciente, y escuche. Dicho capitán tiene en su casa la mayor parte de los papeles de la conspiración, y registrando su domicilio, el Gobierno puede dar un buen golpe a los revolucionarios.
—¿Está usted seguro, reverendo padre, de que los papeles están en casa de ese capitán?
—¡Oh!, segurísimo. Ya sabe usted que estoy siempre bien informado de todo. Tengo buenos amigos.
—¡Diablo!, pues la cosa resulta grave para ese capitán, si le pillan en su domicilio los papeles. ¿Es algún joven ese capitán?
—Creo que sí. Según me han dicho es una cabeza ligera, un exaltado muy peligroso.
—¿No le conoce vuestra reverencia?