—No. Nunca lo he visto.
Quirós se quedó pensativo unos minutos.
—¡Vamos!—dijo el jesuíta—. ¿Qué piensa usted? ¿No se atreve a dar el golpe?
—Pienso que si le pillan los papeles a ese pobre muchacho, pronto le olerá la cabeza a pólvora. El Gobierno está hoy más irritado que nunca contra los revolucionarios, y será inexorable con aquel que pille.
—Así lo creo yo también. Pero veo que me he equivocado al pensar en usted y ofrecerle un medio tan rápido de elevación. ¿Tiene usted reparo en delatar tan peligrosa conspiración? No hablemos, pues, del asunto. Olvídese usted de todo lo dicho, que otro se encargará de hacer el trabajo. No falta gente que quiera ser premiada por el Gobierno.
Quirós se estremeció, como si acabara de recibir un rudo golpe.
—¡Eh! ¿Qué es eso, reverendo padre?... El negocio es para mí, y yo no puedo consentir que otro me lo arrebate. ¿He dicho yo acaso que no quiero encargarme de la delación? Lo que hay es que me inspiraba algo de compasión ese pobre muchacho, que es un joven como yo y que no aguarda seguramente el terrible cataclismo que le va a caer encima. Un poco de simpatía, y nada más. Pero se acabó ya el escrúpulo; no soy tan imbécil que dé un puntapié a la Fortuna, cuando ésta se me presenta. Se acabó la compasión. ¡Vaya, padre Claudio!, siga usted dándome órdenes, que yo las cumpliré inmediatamente.
—Celebro verle tan animoso y dispuesto a aprovecharse de mi cariñosa benevolencia. Para alcanzar la gratitud del Gobierno, no tiene usted más que hacer esa delación. Yo me encargaré después de recomendarlo y hacer que la recompensa oficial sea lo más alta posible.
—Pero, padre Claudio, con lo dicho no basta para que la delación sea completa. Falta saber, el domicilio del capitán Alvarez, el punto donde los conspiradores se reúnen y todos los demás detalles que vuestra paternidad juzgue importantes.
—Es verdad. Tiene usted mejor memoria que yo. Pase usted a mi despacho y mi secretario le dará una nota exacta de todo cuanto pide.