Quirós hizo un gesto de alegría, como si ya tuviera en sus manos el importante ascenso que tanto deseaba.
Ansioso por realizar cuanto antes aquel negocio, y sin el menor rastro del escrúpulo que momentos antes había sentido, se dispuso a salir del gabinete para dirigirse al despacho.
—Aguarde usted, impaciente joven—dijo el jesuíta sonriendo con amabilidad—. Supongo que todo esto quedará en el más absoluto misterio, y que el Gobierno no traslucirá quién ha proporcionado tan importantes datos.
—¡Oh! De eso no hay que hablar, padre Claudio. Bueno soy yo para que se me escape una palabra indiscreta. Yo sólo digo lo que quiero.
—Buena condición es ésa. Con ella irá usted muy lejos. Lo importante es que usted no se arrepienta nunca de lo hecho, y quiera perder a sus amigos algún día, sabiendo perfectamente lo que dice.
El joven comprendió que el padre Claudio seguía dudando de su adhesión.
—No recele vuestra reverencia de mi fidelidad—dijo Quirós—. Ya que no por cariño, por egoísmo, debo seguir siempre al lado del padre Claudio. Tratándome como hoy, nunca podré quejarme de su protección. Yo, al que me da, nunca le falto.
—¡Magnífico! Es usted adorable por su, franqueza, Joaquinito. Usted irá lejos y nunca le faltará mi protección. Unicamente—continuó el jesuíta sonriendo con cierto aire de superioridad—, le falta a usted el no dejarse dominar por la compasión en momentos supremos.
—¡Oh! La indecisión de antes ha sido momentánea, como usted ha visto.
—Cuando yo le aconseje una cosa, no dude usted nunca. Yo no puedo aconsejar a nadie que peque y pierda su alma, y las acciones que yo recomiendo, aunque a primera vista parezcan censurables, seguramente no lo son por venir de boca de un sacerdote del Altísimo. Dios saca el bien del mal, no olvide usted esto, y para hacer bien a nuestros semejantes, es preciso que antes les hagamos daño. Al delatar a ese joven capitán, tal vez le sentenciemos a muerte; pero, ¡cuán inmenso caudal de bienes no producirá nuestra delación! Con su prisión y la incautación de sus papeles, la Sociedad permanecerá tranquila, la revolución quedará desbaratada, perecerán esas ideas diabólicas y disolventes que propagan los enemigos de la Monarquía y de la Iglesia, y quedarán tranquilas en el poderío de que hoy gozan, por la voluntad de Dios, Doña Isabel II, esa reina modelo de virtudes, y la Compañía de Jesús, santa institución que trabaja por la salvación del mundo. Si quiere usted ser grande y poderoso en la tierra, y después feliz y bienaventurado en el cielo, no vacile usted nunca en obedecer mis indicaciones. Todo cuanto yo ordene es...