—"Para mayor gloria de Dios"—interrumpió el joven—. Si ya lo sé, reverendo padre, y juro obedecerle inmediatamente. Ahora, si le parece bien, vamos al despacho a por la nota, pues siento verdadera impaciencia por servir a Dios haciendo la delación.

El jesuíta sonrió bruscamente al oír estas palabras. Sabía él a qué Dios servía el joven egoísta, al mostrarse tan impaciente por cumplir sus órdenes.

—Sobre todo, amigo Quirós, no cometa usted ninguna imprudencia, ni deje que la cometa el Gobierno. Si hace usted la delación ahora mismo, nos exponemos a que el ministro dé inmediatamente órdenes a la Policía, en cuyo caso es posible que armándose estruendo extemporáneamente, se nos escape la liebre. Vaya usted al Ministerio al anochecer, y haga la delación. La noche es favorable para esta clase de asuntos.

Quirós se conformó a esperar algunas horas para dar el golpe que aseguraba su porvenir, y con aire de humildad hipócrita, siguió al poderoso jesuíta a su despacho.

XXVI

La última buena obra
del padre Claudio.

A Baselga comenzaba a parecerle demasiado extraño el aparato misterioso con que el capitán O’Conell había revestido su cita.

Pasaba el conde por alto que le hubiese hecho salir a una legua de Madrid para ir a aquel caserón de grandes y desiertos patios, rodeado de un vasto jardín con solitarias alamedas, a cuyo extremo había entrevisto algunos hombres que al notar su presencia habían desaparecido; hacía caso omiso igualmente de que el doctor Peláez lo hubiese abandonado diciendo que así lo exigía el secreto de la entrevista, dejándolo bajo la dirección de un criado, soberbio mocetón de grandes patillas que orlaban una cara cuadrada y sin expresión alguna; pero no le parecía ya indiferente, pues le causaba cierta molestia próxima a la irritación, que le tuvieran más de una hora en aquella sala, grande, fría y de elevado techo, cuya desnudez aún hacía más antipática el torrente de sol que entraba por las dos rejas situadas sobre el vasto jardín que él había atravesado.

La aventura iba ya resultando para el conde demasiado extraña. Aquellas rejas eran demasiado robustas y tenían todo el aspecto de las de presidio. Mirándolas fijamente, el conde llegó a sonreírse.

—En esta casa—pensaba—debe ser la gente muy miedosa. Según leo a veces en los periódicos, hay bastantes ladrones en los alrededores de Madrid; pero la cosa no creo que sea para tomar tantas precauciones. ¡Cuidado si han empleado hierro en las tales rejas!