Y Baselga, que para buscar distracción al tedio que comenzaba a dominarle, se había entretenido en contar varias veces los barrotes de las rejas, pasó a fijarse en otros detalles de la habitación.

—Pues aquí dentro—continuó pensando el conde—no han sido tan pródigos en muebles como en el hierro de las rejas. ¡Vaya un menaje! Parece que sólo hayan puesto lo estrictamente necesario para que la pieza no sea inhabitable.

Así era. La sala era muy espaciosa, y a pesar de esto, sólo había en ella cuatro sillas de paja, muy ligeras por cierto, y una mesilla colocada entre las dos rejas.

Baselga se levantó, fué tocando uno por uno los escasos muebles, y después siguió paseando de un extremo a otro de la habitación.

Sacó su reloj de oro y miró la hora. Las diez y media. Estaba ya allí más de una hora y comenzaba a parecerle la espera más que pesada.

En uno de sus paseos, al pasar junto a la puerta, que creía entornada, se fijó en ella. También notó, como en las rejas, gran lujo de precauciones. Vaya una puerta sólida. Los tableros estaban tan ajustados, que no dejaban la menor rendija, y toda ella parecía hecha de una sola pieza. En el centro tenía un ventanillo cerrado.

El conde, al pasar, la golpeó distraídamente con el pie, como para apreciar su robustez, y la puerta no se movió.

Baselga hizo un gesto de inmensa extrañeza. ¿Qué era aquello? ¿Acaso estaba la puerta cerrada? ¿Era él un preso?

Esta consideración sublevó al conde, quien, para convencerse de si la puerta estaba cerrada, dejó caer sobre ella sus robustos puños. Conmovióse la recia madera produciendo un sonido sordo, pero la puerta no se movió.

Ya no podía dudar el conde. Estaba encerrado, prisionero en aquella destartalada habitación tan inaccesible a la fuga como un calabozo. Las rejas le impedían saltar al jardín.