Apoderóse de Baselga una terrible indignación al verse tratado de un modo tan inicuo. ¿Por qué le recibían de tal modo? ¿Dónde estaba aquel O’Conell, que no llegaba nunca?
De repente cruzó por la imaginación del conde una absurda idea, propia de su continua preocupación. Sin duda, el Gobierno inglés conocía su plan, temía al audaz patriota, y se atrevía a secuestrarlo casi a las puertas de Madrid. Esta presunción fatua y loca consolaba al conde y le daba cierto valor para sobrellevar tan extraña aventura; pero a pesar de esto, seguía golpeando con sus vigorosos puños la fuerte puerta, sin lograr que hiciera el menor movimiento.
El más absoluto silencio contestaba a aquellos golpes, y Baselga se decidió por fin a gritar:
—¡Eh! Los de la casa. ¿Qué es esto? Venid a abrir esta puerta.
Varias veces gritó y no vino nadie. Pero los gritos no fueron acogidos con el mismo silencio que los golpes.
A los oídos de Baselga llegaron confusas y amortiguadas voces estentóreas, chillidos y cánticos monótonos, que formaban un extraño concierto y que se repetían cada vez que él llamaba.
—No—dijo el conde en alta voz, como si tuviera a sus espaldas quien lo oyera—, pues la broma resulta bastante pesada. ¿Y qué grita toda esa gente?... Juro a Dios, que en cuanto salga de aquí aprenderán cómo nadie se burla impunemente de un hombre como yo.
Transcurrieron algunos minutos sin que el conde se cansara de golpear la puerta. Antes bien, parecía que sus puños, al maltratar a la madera, adquirían nuevo vigor.
Cuando comenzó a llamar, habíale parecido oír unas pisadas que ligeramente se alejaban, y éstas volvieron a escucharse pasado un buen rato, aunque aproximándose con gran rapidez.
El conde vió abrirse el estrecho ventanillo de la puerta, a través del cual apenas si podían mirar a la vez con ambos ojos.