En el pasillo estaban dos hombres; el criadote de las patillas y de rostro inmóvil, que, según se decía el conde, tenía cara de palo, y un joven también fornido y barbudo, que llamaba la atención por su gesto inteligente.
Baselga se dirigió a él lanzándole por el ventanillo una mirada iracunda.
—Caballero, ¿es ésta manera de recibir una persona decente? ¿Soy algún criminal terrible para tenerme cerrado? Soy el conde de Baselga, sépalo usted.
—Lo sé, señor conde—dijo el joven con sonrisa amable—; y ruego dispense esta falta de atención. El tenerle cerrado, comprendo que le será a usted tan enojoso como molesto para mí; pero tengo que cumplir forzosamente las órdenes que me dan. A usted mismo le conviene permanecer ahí.
—¿Esas órdenes son de O’Conell? A ver, ¿dónde está O’Conell?
El joven médico no sabía quién era aquel extranjero que nombraba el conde; pero con el aplomo que le daba su continuo trato con los enajenados, respondió:
—Sí; O’Conell me ha dado la orden. No tardará en venir, puede usted esperar tranquilo. Es cuestión de una hora a lo más. Le ruego, sobre todo, que no se incomode ni se exalte. Piense usted en que le conviene estar así.
El conde seguía no comprendiendo aquel extraño aparato; pero se tranquilizaba contemplando aquellos dos hombres.
No; aquella gente no podía ser mala. Tenía buen aspecto y no parecía que se propusieran causarle el menor daño. Esperaría, ya que tan cortésmente se lo suplicaban, y cuando llegara O’Conell, éste le explicaría la razón de tan extraña conducta.
El joven hizo una cortesía, disponiéndose a retirarse.