—Ya lo sabe usted, señor conde. Permanezca usted tranquilo, que así que llegue el que usted espera, entrará a verle inmediatamente. Mientras tanto, el ventanillo quedará abierto, y si algo se le ocurre, no tiene usted más que llamar a este señor, que acudirá inmediatamente.
Los dos hombres se retiraron, y el conde volvió a pasearse por la habitación.
En los primeros momentos estaba tranquilizado por la conferencia; pero así que estuvo solo un buen rato, comenzaron a renacer las antiguas sospechas. ¿No podían ser terribles enemigos aquellos hombres que tan amables se mostraban?
Todo inducía a esperar algo malo, porque un misterio tan absurdo, rara vez puede ser precursor de felices acontecimientos.
Y el conde, al pensar esto, se dirigía a sí mismo preguntas de imposible contestación.
—Vamos a ver, ¿dónde está O’Conell? ¿Por qué ordena estas precauciones irritantes? ¿Será acaso un traidor que nos habrá engañado al padre Claudio y a mí? ¿Y qué casa es ésta? Se me ha olvidado preguntarlo a ese joven, así como por qué chillaban tan desaforadamente hace poco rato.
Justamente cuando el conde se decía esto, volvió a estallar aquel extraño y espeluznante concierto de gritos, rugidos e incoherentes canciones.
Esta vez se oía mejor, y parecía más próximo el griterío, sin duda por estar abierto el ventanillo.
A Baselga le ponía nervioso aquel estruendo, que parecía arañarle los oídos. Además, creía que era una burla; el regocijo de ocultos enemigos, que celebraban con risotadas extravagantes verle a él encerrado, y por esto, dando en el suelo una furiosa patada, murmuró iracundo:
—¡Dios! Esto parece una casa de locos.