Después, como si tomara una resolución, se dirigió al ventanillo:

—¡Buen hombre!—gritó—. ¡Eh, buen hombre!

Sonaron las pisadas del criado, que a pesar de su robustez, andaba con una ligereza juvenil.

—¿Qué se le ofrece?—dijo apareciendo y con acento rudo, que pugnaba por dulcificar.

—¿Qué ruido es ése? ¿Por qué chilla esa gente de un modo tan extravagante? Diga usted que callen. Me incomoda esa música rara.

—No haga usted caso, señor. Son huéspedes que tenemos aquí hace algún tiempo, y que nos dan bastante trabajo.

—¿Y qué clase de casa es ésta? ¿Qué hacen aquí?

Por fin, la cara de palo del criado perdió su expresión estúpida para animarse con una sonrisa extrañamente irónica.

—¡Oh! Ya lo sabrá usted, ya se encargará de decírselo la persona a quien espera.

—¡Ya lo creo que me lo dirá! Tengo deseos de saber el por qué del aparato de esta cita, que me va resultando pesada. Alguna extravagancia tal vez. ¡Esos ingleses son tan excéntricos!