Baselga notó en la inanimada cara del criado cierta expresión de extrañeza. ¡Si él lograra hacerle hablar!

—Qué, ¿te extrañas de lo que digo? ¿No conoces tú al capitán O’Conell?

—Yo, no, señor. Es decir..., ese capitán, ¿no es la persona que usted espera?

—Sí, hombre. Al que espero, y por el que he venido aquí.

—Pues a ése sí que lo conozco; sólo que no sabía que usted lo llamaba por tal nombre, ni que era capitán.

—¿Pues, cómo llamáis aquí al que yo espero?

—Aquí se le llama el doctor Zarzoso, y todas las mañanas, a las once, viene a hacer su visita. Por lo regular, sólo inspecciona a algunos de los huéspedes y se pasa más de dos horas hablando con ellos. Hoy tendrá con usted una conferencia larga.

El conde quedó profundamente desconcertado por tales palabras. ¿Qué enredo era aquél? ¿Había otro que al capitán irlandés quería convertirlo en doctor? Baselga comprendía la necesidad de hacer hablar a aquel hombre, y recordando sus antiguas prácticas de hombre de mundo, que hace apreciar el dinero como el mejor medio de desatar lenguas, sacó del bolsillo del chaleco dos piezas de a duro, y sacó la mano por el ventanillo.

—Toma, esto para ti. Por la molestia que te tomas al entretenerme con tu conversación, hasta que llegue ese señor a quien espero.

—Gracias, señor conde—dijo el criado mirando con codicia las relucientes monedas—; pero me es imposible aceptar la “fineza”. El reglamento de la casa lo prohibe terminantemente.