—Tómalos sin cuidado. Guardaré el secreto, pues tengo el gusto de hacerte este regalo.
La manaza del criado no tardó en apoderarse de las dos monedas.
—Y dime—continuó el conde—; ¿ese señor doctor que tú nombras, es el mismo a quien yo espero?
—¡Vaya una pregunta! ¿Usted no espera al doctor Zarzoso? ¿No es él quien lo ha enviado aquí para su curación?
—¿Para mi curación?... ¡Ah!, sí. Por eso me encuentro en este sitio y le espero con tanta impaciencia. Mira lo que son las cosas. Conozco mucho a ese señor médico, y, sin embargo, en este momento no me acuerdo de su cara.
—No es extraño; a muchos les sucede igual aquí. Vea usted si recuerda. Es un señor gordo, de bigote cano, gasta gafas y mira muy fijamente cuando habla. Todo el mundo le conoce. Pues dicen que es un gran sabio.
Al conde no le cabía ya duda alguna. Se trataba de aquel caballero, que en la mañana del día anterior había ido a su casa a revolverle la bilis con sus objeciones. ¿Qué venganza era aquella?
Baselga sentía verdadera ansia de penetrar en lo más hondo ce aquel misterio, que comenzaba a asustarle. Sospechaba algo que le causaba escalofríos de terror, y al mismo tiempo, empezaba a hacer hervir su impetuoso carácter.
—Habla, querido, habla—dijo al criado—. ¿Y crees tú que el doctor me curará?
—Bien puede ser. Yo, por mi parte, lo creo segurísimo, si usted ayuda. Debe usted hacer esfuerzos, y, sobre todo, no atolondrarse y conservar su serenidad. Una desgracia a cualquiera le sucede, y nadie puede asegurar que está libre de vivir aquí o en presidio.