En aquel momento, por un misterioso encadenamiento de ideas, recordaba la escena terrible en que sus manos de hierro estrangularon a Pepita Carrillo, la esposa infiel y cínica.
El rostro del conde palidecía, sus ojos adquirían el brillo extraño y el tinte sanguinolento que produce la indignación en ciertos hombres de carácter pronto para la violencia.
A pesar de esto, logró contenerse aún, y con voz ronca preguntó al criado:
—¿Pero tú me crees loco?
—¡Yo! ¡Jé, jé!
Y el criado, por toda contestación, reía maliciosamente.
—¿De qué te ríes? Quiero saberlo; lo exijo. No creo que esta situación sea cosa de risa.
—Me río, señor conde, de que todos cuantos vienen aquí hacen la misma pregunta.
—¡Pero contesta, con mil demonios! ¿Tú crees que estoy loco, sí o no?
—En este momento no lo está usted; pero si sigue así, no tardará en darle el acceso. Lo conozco en sus ojos, y le ruego que procure calmarse.