Pero su pecho y su mano derecha estaban cubiertos de sangre caliente, que, escurriéndose a lo largo del cuerpo, caía sobre el pavimento.
A sus oídos llegaban un tropel de apresurados pasos y el chirrido de una cerradura.
—¡Vienen, vienen!
Y Baselga, alarmado, buscó a tientas la pistola que estaba en el suelo, e hizo un esfuerzo supremo para montar el gatillo.
Apoyó el segundo cañón en la sien, en el mismo instante que la puerta se abría y entraban en la sala muchos hombres, alarmados por la detonación.
El conde apretó el gatillo, y le pareció reconocer entre los que avanzaban sobre él despavoridos al sabio, que tan antipático le era, el doctor Zarzoso, cuya visita esperaban en el manicomio.
Esta vez tampoco oyó el infeliz ruido alguno, pero recibió en la cabeza un golpe tan anonadador como si la casa entera hubiese caído sobre su cráneo.
Sintió lo mismo que si le arrebatasen, arrojándolo en una inmensidad de negrura vibrante, en la que danzaban como chispas de una colosal fragua, millones de millones de puntos luminosos.
Pero aún tuvo fuerzas para hacer subir a sus labios una sonrisa de amarga ironía y murmurar de modo que lo oyeran todos aquellos hombres consternados que le rodeaban:
—Ya tengo bastante.