XXVII
Revelación inesperada
Aquella tarde, la baronesa se había mostrado muy complaciente y amable con su hermana. La había dirigido alegres palabras, acariciando bondadosamente sus cabellos, y la había prometido concederle alguna libertad mientras el papá estuviera de viaje.
Ignoraba Enriqueta cuál era la suerte de su padre, y cuando a la hora de comer mostró extrañeza por su ausencia, la baronesa y el padre Claudio, que a la vuelta de su visita a Palacio había sido invitado por doña Fernanda a quedarse "a hacer penitencia", le dijeron que el conde había salido muy de mañana para un viaje en el que estaría algún tiempo.
Enriqueta se lamentó de la inesperada marcha de su padre, por cuanto le impedía la asistencia a algunas fiestas aristocráticas, que habían de verificarse en aquella semana, pero la amabilidad de la baronesa y la jocosidad del padre Claudio, y del padre Felipe, que llegó a la hora de los postres, la resarcieron algún tanto de la contrariedad sufrida.
—Hoy estás libre—la dijo la baronesa—; si no quieres dedicarte a la oración o al trabajo, puedes hacer lo que gustes. Ves, si quieres, a asomarte al balcón; te doy permiso. Mañana ya saldremos de paseo.
Enriqueta se apresuró a aprovecharse del permiso, y salió del comedor, sin ver cómo su hermana miraba con dramática tristeza a los dos jesuítas, y murmuraba:
—Pobrecilla; ¡si ella supiera lo que sucede!
De pie, tras los cristales del balcón, que daba luz al gabinete contiguo al salón de la baronesa, permaneció Enriqueta toda la tarde, entreteniéndose en contemplar la incesante circulación de los transeúntes y los coches que bajaban la calle al paso tardo de sus huesudos caballos, y llevando en el pescante, con toda la prosopopeya de un dios, al cochero, de nariz vinosa, envuelto en su capa remendada.
A la hora de permanecer en aquel sitio, Enriqueta oyó en el salón cercano las voces de su hermana y del padre Felipe.