¿Quién sabe lo que a aquellas horas haría el capitán Alvarez? Tal vez la hubiese olvidado, en vista de aquella carta cruel que ella le envió, y hasta bien pudiera ser que ahora amase a otra joven más fiel, y que supiera defender mejor su cariño.

Enriqueta, pensando en esto, ya no miraba a la calle, y, de espaldas a los vidrios, mirando al oscuro fondo del gabinete, lloraba silenciosamente.

Ya no se oía ningún rumor en el salón inmediato. El padre Felipe acababa de irse, y la baronesa no tardaría en llamarla para decirle que se vistiera, con objeto de ir, como todas las tardes, a las Cuarenta Horas.

Esperando la joven que, de un momento a otro, se presentase su hermana en el gabinete, secábase ya apresuradamente las lágrimas, y hacía esfuerzos para recobrar su serenidad, cuando un carruaje, que apresuradamente bajaba la calle, produciendo gran estrépito, paró repentinamente en el centro de la vía, frente a la misma puerta de la casa.

Enriqueta miró y vió bajar de una berlina de alquiler al padre Claudio, que, entregando una moneda al cochero, atravesó con gran prisa la calle y entró en la casa. La joven respiró con satisfacción. Aquella visita era muy oportuna, pues la libraba a ella del pesado tormento de fingir una completa tranquilidad ante los sagaces ojos de su hermana.

Comenzaba la caída de la tarde. En las calles, los últimos rayos de sol doraban las puntas de las chimeneas de los tejados fronterizos, pero en las habitaciones se iba extendiendo esa penumbra de los rápidos crepúsculos del invierno.

Oyó Enriqueta cómo entraba en el salón el poderoso jesuíta, y casi al mismo tiempo, en la barnizada madera de la puerta, cubierta en parte por los cortinajes, surgió un punto de luz. Era que acababan de encender la lámpara del salón, cuyas ventanas, cargadas de pesadas cortinas, apenas si a mediodía dejaban pasar una semiluz, que envolvía la vasta pieza en una claridad mística.

A los oídos de la joven llegó el eco de la voz del jesuíta, aunque sus palabras no podían determinarse, y prefiriendo volver a abismarse en sus recuerdos, apoyó su rostro contra los cristales, que producían una grata sensación de frescura en sus mejillas, abrasadas por el llanto.

Un grito estridente, agudo, que punzaba los oídos, vino a sacarla de su abstracción.

Era Fernanda quien había gritado. ¿Qué sería aquello?