Y Enriqueta, conmovida por aquel grito, que parecía haberla arañado en lo más hondo del pecho, se retiró del balcón y quedó indecisa en el centro del gabinete, no sabiendo si ir a buscar la otra puerta, para entrar en el salón, o escuchar tras la que tenía más cerca, y que estaba cerrada.
Al fin se decidió por último, y aplicó un ojo en la luminosa cerradura.
Desde allí no se veía al jesuíta, pero distinguía bien a su hermana, que, sentada en una butaca y con la cara hacia la puerta que ocultaba a Enriqueta, parecía víctima de un terrible espasmo.
Tenía impresa en el rostro una expresión de inmenso terror; sus ojos miraban con el mismo espanto que si contemplaran una visión horrible, y todo su cuerpo estaba agitado por una nerviosa conmoción.
Enriqueta sintió miedo, y tal vez por esto se apresuró a retirarse del ojo de la cerradura; pero apenas se vió en el centro del gabinete, volvió a dominarla la curiosidad, y entonces aplicó una oreja al luminoso agujero.
Estaba hablando el padre Claudio, y el timbre de su voz, siempre tan seguro, demostraba ahora gran agitación.
—Pero, ¡Dios mío!, cálmate, Fernanda; no te entregues de tal modo a la desesperación. Piensa que si no sabes dominarte te va a dar algún accidente, y entonces el efecto será fatal, pues tu hermana, esa pobre niña, sabrá lo que por caridad debemos ocultarle. Yo te creía más fuerte, y a saber que carecías de serenidad, no te hubiese dado tan pronto la noticia. Vamos, llora, llora, que tal vez las lágrimas desahoguen tu pecho. ¡No te detengas, hija mía; sobre todo, que Enriqueta no se entere de lo que pasa!
Enriqueta sentía tanto temor como curiosidad.
¿Qué noticia tan siniestra era aquélla?
—¡Ay, padre mío!—dijo, por fin, la baronesa, dando un suspiro ruidoso, que tenía mucho del estampido del tapón al saltar con el empuje de los oprimidos gases, e inmediatamente comenzó a llorar, acompañando su llanto con un hipo doloroso.