El padre Claudio nada decía. Esperaba, sin duda, para hablar, que pasara el primer ímpetu de dolor en la baronesa.
Transcurrieron algunos minutos, que fueron para Enriqueta verdaderos siglos de angustia. Su curiosidad, tan vivamente despertada, agitábala con el ansia de conocer aquel misterio.
Por fin, la baronesa pareció calmarse, y preguntó al jesuíta, con acento quejumbroso:
—¿Cuándo ocurrió la desgracia?
—Esta mañana, a las once. El conde, según dicen los empleados, al comprender que había sido encerrado en un manicomio, se entregó a un acceso de violenta locura, golpeándose e intentando derribar la puerta.
—¡Ay, pobre padre mío!—gritó la baronesa.
—¡Chist! Más bajo, hija mía. No grites tanto; piensa que puede oírte tu hermana.
Doña Fernanda reanudó su llanto silenciosamente, y el jesuíta, después de una larga pausa, siguió hablando:
—Los empleados del manicomio oían desde fuera el estrépito que el conde producía, derribando los muebles, golpeando la puerta y revolcándose en el suelo. Cuando se restableció el silencio, creyeron que el conde descansaba de su fatigosa lucha; pero el estampido de un tiro vino a hacerles conocer la terrible verdad.
Se detuvo el padre Claudio, como si se gozara en apreciar el efecto que producían sus palabras.