—Entraron inmediatamente en la habitación y vieron al conde de rodillas, con el pecho cubierto de sangre y una pistola en la mano. Por pronto que acudieron a quitarle el arma de la mano, ya tu padre se había disparado un segundo tiro en la sien, y moría con la sonrisa en los labios, diciendo que ya tenía bastante. Ha sido una catástrofe horrible. Mira si el personal del manicomio quedaría impresionado, que hasta algunas horas después no ha pensado en noticiar el hecho. El doctor Zarzoso está aturdido por la desgracia, y cuando vino con Peláez a mi casa, a participarme la fatal noticia, dijo que se consideraba falto de fuerzas para venir a relatarte lo ocurrido.

El padre Claudio cesó de hablar, y lanzó en derredor una mirada de alarma. La baronesa notó aquella impresión.

—¡Eh! ¿Qué es eso, reverendo padre?

—Creía haber oído algo así como un suspiro o un lamento lejano.

La baronesa puso igualmente atención, y los dos quedaron por algunos instantes silenciosos y aguzando el oído.

—No ha sido nada, reverendo padre. Alguna ilusión de sus sentidos. Estas catástrofes conmueven de tal modo, que hasta hacen ver visiones.

Enriqueta había oído perfectamente la terrible relación. Nunca se había imaginado que fuese ella capaz de tanto valor.

Era un verdadero golpe mortal saber de repente que aquel padre al que amaba con toda la fuerza de una pasión reciente, y al que creía de viaje, acababa de morir en el fondo de un manicomio, habiendo sido despojado antes de su razón; pero, a pesar de lo abrumadora que era la noticia, la recibió con valor, y ella, que se conmovía profundamente con la más pequeña desgracia, resistió con hercúlea firmeza la inmensa pesadumbre que caía sobre su corazón.

Aquella noticia, tal vez por su misma inmensidad dolorosa, no la conmovió tanto como era de esperar. Parecía que su inteligencia se negaba a creer aquella catástrofe tan inesperada como terrible.

Un rudo golpe en el corazón y una rápida y creciente debilidad en las piernas fueron todos los efectos físicos que en ella produjo la noticia en el primer momento. Pero después, sus pulmones parecieron contraerse, agarrotados por una mano de hierro. Le faltó aire que respirar, y un gemido sordo fué subiendo y subiendo lentamente a lo largo de su garganta, saliendo, al fin, amortiguado de sus labios, con la triste entonación del balido del inocente cordero cuando se ve próximo al sacrificio.