Aquello fué lo que oyó el padre Claudio.
Los oídos de la joven zumbaban, su cráneo parecía comprimido por un aro de hierro, y sintió que el suelo la atraía y que sus piernas negábanse a sostenerla. Pero la alarma del jesuíta y de la baronesa, que habían quedado silenciosos y en acecho, y un arranque propio de su carácter, que tenía en ciertos momentos toda la inflexible energía del de su padre, la hizo sostenerse con un valor impropio de su edad y su sexo.
¡Qué! ¿Iba ella a desmayarse como una necia? ¿Iba a imitar a las damas del teatro, que siempre caen desvanecidas al suelo en las circunstancias más críticas, y en que más necesaria es su presencia de ánimo? No; ella escucharía ahora, y después daría rienda suelta a su dolor, llorando al conde cuanto quisiera. Ahora, lo importante era enterarse de aquella conversación que le revelaba desgracias inesperadas. ¿Su padre en un manicomio? ¿Cómo podía ser aquello?
Y sostenida por tal decisión, siguió con el oído aplicado a la cerradura, haciendo esfuerzos por contener sus suspiros y librarse de aquella dolorosa angustia, que hacía temblar sus piernas.
Resultaba sublime la energía de aquella joven hermosa y delicada. El carácter de Baselga estaba en ella, así como en su hermanastra, la baronesa, sobrevivía el espíritu de Pepita Carrillo.
Cuando doña Fernanda y el jesuíta se hubieron convencido de que no les espiaba nadie, continuaron su conversación.
La baronesa, repuesta ya de la emoción que le había producido el suicidio de Baselga, parecía más consolada. Su dolor era más bien hijo de la sorpresa que de un verdadero sentimiento. El padre Claudio sabía bien hasta dónde llegaba el afecto que dona Fernanda profesaba a su padre.
La baronesa sentía ya más curiosidad que dolor. Por esto se apresuró a continuar la conversación.
—Pero, padre mío, me resulta muy extraño el triste fin de mi padre. ¿Cómo pudo proporcionarse la pistola con que se dió muerte?
—Esto es lo que yo mismo me pregunto y lo que produce gran extrañeza en los empleados del manicomio. Nadie sabe cómo llegó a sus manos dicha arma, y lo más natural es creer que él la llevaba en el bolsillo siempre, y que al hallarla, después de su acceso de furor, pensó utilizarla, suicidándose. Era una pistola pequeña.