—Me parece haberla visto varias veces en la mesa de su despacho.

—Ha sido una gran desgracia que la llevara al ir al manicomio. ¡Si yo hubiera podido pensar esta mañana que la tenía en sus bolsillos, me hubiera apresurado a quitársela, con cualquier pretexto! ¡Oh, Dios mío! ¡Qué desgracia tan terrible! ¡Cómo nos aflige el Señor cuando menos lo esperamos!

La baronesa creyó del caso volver a sus gimoteos, aunque esta vez no fueron tan naturales y espontáneos como antes.

Enriqueta seguía escuchando.

La emoción que aquellas palabras le producían no podía compararse a la que le hizo experimentar la primera noticia, que fué la más fatal; pero servían para exacerbar su dolor, detallando el trágico fin de su padre.

El curso que tomó la conversación entre el jesuíta y la baronesa, aún excitó más su curiosidad.

—Ha sido muy grande esta desgracia, hija mía—continuaba el padre Claudio—; pero no por esto debemos rebelarnos contra Dios, que todo lo dispone y lo dirige; cuando da a una de sus criaturas tan triste destino, sabe bien por qué lo hace. Llora la muerte de tu padre, ya que para un dolor tan justo y natural no son útiles los humanos consuelos; pero no olvides que Dios saca siempre el bien del mal, la felicidad de la desgracia, y que tal vez ha dispuesto esta catástrofe para facilitar los planes que tú ya conoces, y que son, para mayor gloria del Señor.

—¡Ah! ¡Nuestros planes!...—dijo la baronesa con aire de distracción.

—Sí, nuestros planes, hija mía, nuestros planes, que tú, sumida en tu dolor, pareces haber olvidado. ¿Acaso ya no piensas en que tu hermana abrace la vida religiosa?

—Nunca he desistido de ello.