Aquel vizcondesillo insustancial, por pertenecer a la misma clase que Enriqueta y ser amigo de su familia, gozaba de gran prestigio con Alvarez y lograba que éste pasase el rato muy entretenido con su conversación.
El capitán estaba en estado tal de ánimo, que le era indispensable confiar sus penas a alguien, y relató al vizconde cuanto le había sucedido, enseñándole la carta.
El aristocrático alférez fué de la misma opinión que su amigo.
Aquello era obra de los jesuítas, y si el mismo padre Claudio no había dictado la carta, por lo menos se había mezclado en el asunto. Esto lo aseguraba él, que como visitante de la casa conocía la influencia que sobre toda la familia Baselga ejercía el jesuíta.
—Mira, chico, créeme—continuó el vizconde—. Mientras no pongas de tu parte a ese cura, no conseguirás nada absolutamente en tus amores. Si él te protegiera, a estas horas estarías ya casado con Enriqueta. Conozco muy bien el poder que tiene ese pájaro. Es capaz con su sonrisa y sus palabras melosas de trastornar el juicio de todas las muchachas, y a la más enamorada hacerla que olvide a su novio.
—¿De modo que tienes seguridad de que el autor de mi desdicha es el padre Claudio?
—Completa, mi querido “Séneca”. Si no es él, ¿quién puede ser? De Quirós, gran amigo de la casa, no puedo sospechar. Es un buen muchacho que sólo piensa en hacerse célebre y únicamente se ocupa en amores fáciles. Del conde tampoco puede ser. Aunque él es quien ha dado a la tía de su asistente la tal carta, no debe de haber sabido nada de tus amores hasta el momento del rompimiento. Aquí los que han descubierto todo y han destrozado tus relaciones, son, indudablemente, el famoso jesuíta y doña Fernanda, que están empeñados, como tú sabes, en meter monja a Enriqueta, sin duda para apoderarse de sus millones.
Alvarez, después de reflexionar mucho y de fruncir las cejas, preguntó a su amigo:
—¿Y dónde podría yo encontrar a ese padre Claudio?
—Mira, querido Esteban—se apresuró a decir el vizconde, comprendiendo la intención de la pregunta—. Te conozco bien y, por lo mismo, te advierto que no hagas ninguna tontería. El padre Claudio está hoy muy alto y no es un cualquiera a quien se le dan cuatro palos así que nos estorba.