—Sólo quiero hablar con él. No estoy loco y sé que un hombre como yo no se rinde con un enemigo de tal clase que dispone de la astucia como única fuerza. Dime dónde podré verle.
—Difícil resulta encontrarlo, pues es tal vez el hombre más atareado de Madrid. Sin embargo, hay una hora en que es fácil verlo. Casi todas las mañanas va a las diez a Palacio para visitar a la reina, y si el día es bueno, es fácil verle a pie, pues según él dice, es el único instante en que puede hacer ejercicio.
—Mañana iré.
Y efectivamente, a la mañana siguiente eran todavía las nueve y media, y ya estaba Alvarez paseando por la plaza de Oriente, frente a Palacio, aguardando la llegada del jesuíta.
La mañana era magnífica.
Brillaba en el cielo un sol esplendoroso que daba a los muros sombríos de Palacio un tinte rosado y alegre, embelleciendo al mismo tiempo el vasto círculo de estatuas de reyes que como un cinturón de piedra estrechaba el jardín.
Una nube de gorriones revoloteaba con infernal algarabía en torno de la ecuestre estatua del centro, y por los andenes correteaban los niños y niñeras de la vecindad, estorbando a media docena de retirados o viejos, sin ocupaciones, que estaban abstraídos en la lectura de los periódicos.
Pequeños cochecitos tirados por cabras hacían de vez en cuando un viaje de circunvalación en torno del jardín, siendo saludadas con sonriente algazara las cabecitas infantiles que asomaban entre las cortinillas del vehículo por los compañeros que, apoyados en el aro u oprimiendo entre sus manos la pelota multicolor, miraban con envidia a aquellos excursionistas en pequeño.
Alvarez, al entrar en la plaza, fué a mirar el reloj de Palacio. Comprendió que aún tendría que esperar por mucho tiempo, y no queriendo llamar la atención, recorrió con paso lento el espacio existente entre el arco de la Armería y las caballerizas.
Paróse a hablar un buen rato con un oficial de la guardia a quien conocía, y cuando el reloj dió las diez, volvió al jardincillo del centro de la plaza, plantándose frente al teatro Real.