Las palabras amenazantes y proféticas que había pronunciado al confesarla en la Colegiata de San Isidro, renacían en su memoria como pruebas acusadoras contra el poderoso jesuíta. Recordaba aquella afirmación de que los poderes celestiales anulaban a todos cuantos se oponían a su voluntad, asegurando que el conde sería castigado si se negaba a permitir que su hija entrara en un convento.
Enriqueta, envuelta en las sombras crepusculares que habían invadido el gabinete, sentía miedo. No creía que el padre Claudio hubiera influido directamente en el triste fin del conde, pero se imaginaba ya al jesuíta como un ser terriblemente poderoso y sobrenatural, que sólo necesitaba mirar con indignación a una persona y desearla la muerte, para que inmediatamente la fatalidad acudiese en su auxilio, exterminando al ser odiado.
La oscuridad que rodeaba a la joven, el lúgubre silencio de aquel gabinete, solamente interrumpido por el rodar de algún carruaje, que con su estrépito conmovía sordamente las paredes, las lúgubres imágenes que en su cerebro evocaba aquella terrible revelación y el desfallecimiento creciente que de su cuerpo se apoderaba, y que aún hacía mayor el miedo, obligaron a Enriqueta a salir de allí.
Temblorosa, con paso vacilante y casi sin darse cuenta de lo que hacía, salió del gabinete la joven, con dirección a su cuarto, evitando el tropezar con los muebles.
El jesuíta y la baronesa seguían hablando de la vocación religiosa de Enriqueta y del entusiasmo místico de su hermano Ricardo, que prometía ser un excelente soldado de la Compañía de Jesús.
Cuando la joven llegó a tientas a su cuarto, sin darse cuenta exacta de lo que hacía, encendió una bujía y cerró con llave la puerta.
Después, desalentada, inerte, y como si la vida se escapara su cuerpo, dejóse caer como un cadáver sobre su blanco lecho.
Un suspiro angustioso levantó su pecho, y rompió por fin a llorar. Necesidad tenía su espantoso dolor, tan firmemente detenido, de tal desahogo físico, y por esto Enriqueta permaneció más de una hora inerte, sin pensar en nada, ni dar otras muestras de vida que aquel llanto incesante y sin término, que parecía una verdadera fuente de lágrimas.
Pasó mucho tiempo antes de que Enriqueta, algo aliviada de aquel dolor que le producía una angustia asfixiante, se diera cuenta de dónde estaba.
Cuando pudo reflexionar, y su razón, ya fría y despejada, recordó cuál era la desgracia que la había sumido en tal postración, su dolor volvió a renacer, aunque más punzante y vivo.