Se sentía anonadada por aquella desgracia inmensa, y pensaba en su padre con la misma viveza de pasión que si se tratara de un amante. Había conocido demasiado tarde el verdadero carácter de aquel hombre tan adusto exteriormente como cariñoso y tierno en la intimidad, y esto contribuía a aumentar su desesperación. ¡Morir cuando ella casi acababa de encontrar en un ser misantrópico y terrible, un verdadero padre!...

Enriqueta, con la mirada fija en la pared, y siguiendo la inquieta danza de sombras que arrojaba sobre ella la vacilante luz de la bujía, permaneció mucho tiempo con todo el aspecto de una sonámbula.

Un ruido que resonó en todo el cuarto la sacó de su ensimismamiento.

Llamaban a la cerrada puerta, y la voz de la baronesa preguntaba:

—¡Enriqueta, niña mía! ¿Qué haces? ¿Estás enferma?

La joven dudó en contestar; pero, por fin, siguiendo instintivamente el hábito de disimular y mentir que le había inspirado aquella educación monjil, contestó:

—Me encuentro bien. Déjame tranquila, Fernanda. Estoy rezando.

—Bueno, pues reza. Ya nos veremos a la hora de cenar.

Alejóse la baronesa, y Enriqueta continuó en la misma posición y con la mirada fija en la pared.

La presencia de su hermana había cambiado repentinamente el curso de sus pensamientos, y ahora, su actual situación se le aparecía con terrible claridad.