Sin el poderoso apoyo que encontraba en su padre, sometida por completo a la voluntad de su irascible hermana, iban a obligarla a que entrase en un convento, y serían infructuosos cuantos esfuerzos hiciese por resistirse.

Ella no quería ser monja. La elocuencia artificiosa del padre Claudio la había arrastrado en un momento a prometer que entraría en el claustro; pero ahora no estaba dispuesta a tal suicidio.

Además, sin que ella pudiera explicarse el porqué, sentía gran repugnancia al pensar en la baronesa y su director, el jesuíta. Parecíanle dos miserables de la peor especie, y aun cuando no tenía ninguna prueba, empeñábase en considerarlos como los autores del trágico fin de su padre, como los que le habían empujado a acabar de un modo tan horrible con su vida.

El hallarse su padre encerrado en un manicomio en el instante de morir, producíala grandes reflexiones. ¿Qué locura era la suya? ¿Cómo ella, que vivía al lado de su padre, no se había apercibido de nada? ¿No podía ser todo el resultado de una diabólica maquinación de Fernanda, que nunca había querido a su padre? ¿Y por qué aquel empeño tan tenaz de procurar su salvación eterna metiéndola en un convento?

Enriqueta, atropelladamente, y sin la menor ilación, hacíase todas estas preguntas, y aunque a ninguna de ellas sabía responderse satisfactoriamente, en el fondo de su pensamiento siempre quedaba latente la sospecha de que allí mismo, en aquella casa, estaba la verdadera causa de todas las desventuras que caían sobre su familia.

El porvenir aparecíase a la joven sombrío y execrable. Ella podría resistirse a los mandatos de su hermana, podría negarse tenazmente a obedecerla y a entrar en un convento, pero su vida sería un verdadero infierno, y tendría que sufrir toda clase de castigos. Recordaba aquella escena violenta ocurrida el día en que la baronesa descubrió su correspondencia amorosa con el capitán Alvarez, y aún le parecía sentir en su rostro el escozor de los golpes de su fiera hermana.

Aquella beata era capaz de todo cuando su voluntad encontraba obstáculos.

Estremecíase de terror al pensar en su porvenir de huérfana, sometida a la autoridad de una hermanastra que siempre la había odiado.

Lo futuro se le aparecía como un mar de sombrías ondas poblado de horribles monstruos; pero sobre aquellas aguas oscuras, infectas y mugientes, su imaginación le hacía ver una isla de luz en la cual erguíase la figura de un ser amado, del único protector que le quedaba y que estaba aguardándola con los brazos abiertos.

Ella podía llegar allí. Todo consistía en un esfuerzo supremo. Bastaba un momento de decisión para salir del lóbrego mar de su existencia futura y poner el pie en aquella isla de esperanza.