Permaneció Enriqueta mucho tiempo sentada en su lecho y con la cabeza inclinada, entregándose a una lucha interna y tempestuosa, que agitaba su pensamiento de un modo horrible.

Varias veces se levantó con la expresión del que adopta una solución desesperada, y otras tantas volvió a arrojarse en el lecho, pálida, desalentada y mirando con terror a todas partes como asustada de sus propios pensamientos y de algún poder oculto que la retenía prisionera en aquella habitación.

Por fin, levantó su cabeza con arrogancia, como si desafiara a ocultos escrúpulos que la martirizaban, y plantándose en el centro de la habitación, miró en derredor como si fuera a hablar con las sombras de los rincones.

—Me iré; sí, me iré—murmuró—;¿por qué he de quedarme aquí? ¿Tengo a alguien que me quiera?

Y lentamente, sin precipitación ni alarma, sacó de su ropero un vestido negro y se lo puso. Echóse a la cabeza una mantilla de tupido velo, colocó éste sobre su rostro y abrió con precaución la puerta, evitando el chirrido de la cerradura.

Deslizóse por las oscuras habitaciones tan silenciosamente como una sombra, y al pasar cerca de su gabinete escuchó la voz de la baronesa que hablaba con toda la servidumbre, dándola instrucciones sobre el modo como debían observar el luto por la muerte del dueño de la casa, recomendándoles que por aquella noche nada dijeran a la señorita, pues ya se encargaría ella de hacerla saber al día siguiente la fatal noticia.

En la antecámara no encontró Enriqueta a nadie, y bajando rápidamente la escalera, pasó con no menor celeridad por ante la portería, en cuyo interior el obeso conserje estaba muy ensimismado, leyendo un folletín de "Las Novedades".

Cuando la joven puso sus pies en la acera lanzó un suspiro de satisfacción, y bajando más aún su velo sobre el rostro, se alejó calle arriba con rápido paso, confundiéndose entre los transeúntes.

Dos mozalbetes, que caminaban en dirección contraria, al ver a la joven enlutada detuviéronse indecisos, y riendo la siguieron por fin, marchando junto a ella y hablándola con aire de calaveras.

Poco después dieron las ocho, y una berlina de alquiler que bajaba la calle con paso tardo, paró frente a la casa de Baselga.