—¿Es caso de conciencia o asunto particular?—preguntó el jesuíta con la expresión resignada de un hombre que se ve forzado a ejercer su profesión extemporáneamente.
—Tengo que hablar de un asunto particular, que es para mi de gran importancia.
El padre Claudio, por toda contestación, se dirigió a un banco de piedra y tomó asiento. El capitán Alvarez le imitó, y los dos hombres permanecieron silenciosos por algunos instantes.
—Usted dirá—dijo, por fin, el jesuíta abarcando toda la figura del militar con el rápido relampagueo de su mirada.
—Yo soy el capitán Esteban Alvarez. ¿No me conoce usted?
El padre Claudio hizo un gesto negativo.
—Extraño que mi nombre le resulte desconocido; pero yo le daré detalles que refresquen su memoria. Soy el novio de la hija del conde de Baselga, o sea de la hermana de la baronesa de Carrillo. ¿Me conoce usted ahora?
Desde las primeras palabras se había ya imaginado el jesuíta que aquel militar era el adorador de Enriqueta, el ser que removía toda la bilis de doña Fernanda, y de quien ésta hablaba siempre en los peores términos; pero al saber que efectivamente era quien él se imaginaba, no pudo reprimir un instintivo movimiento de curiosidad, y se fijó "en la casta de aquel pájaro", como él se decía interiormente.
El jesuíta reflexionó antes de contestar, y, por fin, con aquella sencillez que tan notable le hacía, contestó:
—Efectivamente, señor...; ¿cómo ha dicho usted que se llamaba?