—Esteban Alvarez—contestó algo amoscado el capitán.
—¡Ah!; sí, eso es. Pues como decía, señor Alvarez, el nombre de usted no me es desconocido; pero mentiría si dijera que antes de este momento lo había oído más de una sola vez.
—Según eso, ¿no me conoce usted? ¿No sabe quién soy yo?
—No digo tanto, señor capitán. Sé que usted era novio de la señorita Enriqueta Baselga; pero esto lo sé desde ayer, en que su familia tuvo a bien hacerme algunas consultas sobre tal asunto. Ya puede usted considerar que a un amigo antiguo de la casa como yo lo soy se le dispensan siempre algunas confianzas.
—Pues precisamente sobre el mismo asunto quiero hablarle yo, haciéndole algunas advertencias saludables.
El padre Claudio hizo un gesto de extrañeza ante el tonillo amenazador con que Alvarez dijo estas palabras, y contestó fríamente:
—Hable usted. Estoy dispuesto a escucharle.
Alvarez fué breve y expuso con gran claridad lo que pensaba. Enriqueta le amaba; estaba muy seguro de ello, porque la joven se lo había jurado mil veces por la memoria de su madre y era incapaz de mentir; y a pesar de esto, él había recibido una carta escrita en estilo seco y desesperante, en la que se daban por muertos los antiguos amores. ¿Era posible esto? ¿Resultaba racional? No, ¡vive Cristo!, y por esto él estaba convencido de que en el negocio andaba una mano oculta y que alguien se había encargado de dictar aquella carta que causaba su desesperación.
Alvarez no usaba anfibologías para decir quién podía ser aquel “alguien” tan fatal para su amor. Era franco hasta la rudeza, y manifestaba al padre Claudio sus vehementes sospechas de que hubiese sido él el autor de aquella trama miserable que amargaba su felicidad, y en tal caso...
Ya se encargaba el gesto sombrío de Alvarez de explicar lo que él era capaz de hacer con los que de un modo tan miserable se oponían a sus amores y pretendían robarle a Enriqueta.